ARTIFICIO (II)

Imaginar un futuro aberrante en el que el ser humano renuncia a la dignidad a cambio de la supervivencia como especie no es algo descabellado. Los aficionados a la lectura o al cine ya lo han vislumbrado en repetidas ocasiones, si bien nunca está de más reflexionar sobre esto, ya que nos alerta de las posibles consecuencias que nuestras invenciones o decisiones puedan tener en la sociedad. Siempre hay quienes se postulan en contra de la inteligencia artificial cada vez que damos un paso adelante. La finalidad de estos avances, para que sean eficaces, debe ser siempre la mejora de nuestra vida diaria, la simplificación del esfuerzo físico y mental, pero en ningún caso a cualquier precio. Aunque el problema no es la creación de seres artificiales, sino la programación de su alma, que depende del ser humano. Ahí se encuentra nuestro dilema ético.

Las dos guerras mundiales del siglo pasado supusieron, entre otras cosas, una oportunidad de poner a prueba cualquier método o invención que pudiera aplicarse en la vida civil. Conocemos ya las consecuencias. Sin embargo, en cuestiones tecno-metodológicas, el lugar de experimentación se ha trasladado ahora al deporte de élite con el fin de hacer del juego un mundo más justo y perfecto. A principios de este siglo, el béisbol americano comenzó a usar un programa informático que registraba datos estadísticos de jugadores profesionales. De este modo, la dirección deportiva podía encontrar con mayor acierto el perfil que necesitaba el equipo y mejorar así los resultados deportivos a corto plazo. Al principio generó conflictos internos, como nos muestra la apasionante Moneyball, de Bennett Miller, basada a su vez en la novela homónima de Michael Lewis. En la actualidad, se trata de una herramienta fundamental para rastrear el mercado de nuevos talentos en la mayoría de ligas deportivas del mundo. Pues bien, este podría ser el modelo a seguir por otros sectores económicos a la hora de componer sus equipos de trabajo. Imagínense que valoraran el perfil de los candidatos según sus características personales. De acuerdo, los responsables de recursos humanos ya se encargan de esta función; pero en su caso ya habría un programa virtual, al cual tuvieran acceso todas las empresas del mundo, que registrara las estadísticas respecto de nuestra personalidad y acciones sin necesidad de enviar nuestro currículo. Un proceder un tanto intrusivo. Pero la entrada de la tecnología en el caso del deporte no termina ahí. También estamos viendo la implantación de sensores o asistentes de vídeo que detectan lo que el ojo humano no ve en el instante de producirse una jugada polémica. Esto me lleva a pensar en qué clase de seres nos convertiremos que no habrá margen de error humano, naturalidad y espontaneidad, cediendo a la perfección más artificiosa. Los soviets ya pusieron en práctica la planificación y control de los medios. Así que por muy eficiente que fuera una vida programada, obstruiría la curiosidad por innovar. Además, ¿dónde quedaría la divina comedia?

Por otra parte, es lógico que como seres humanos, pensando en nosotros mismos, no nos fiemos de nada ni nadie, por eso algunos consideran que los robots acabarán por dominar el universo. Por el momento, estamos a las puertas de una era de neo-esclavismo, ya que son creados para servir a la humanidad por lo que, en principio, no hay nada que temer pues, como he dicho antes, los replicantes reaccionarán según sus principios. Dependerá de la codicia que le transmita su creador. Pero esto es más propio del Homo homini lupus. Tanto Isaac Asimov como Philip K. Dick nos enseñaron una hipotética realidad construida por y para el hombre, e incluso el primero ideó reglas para combatir la rebelión del hardware. Si finalmente se enreda la madeja de modo que la inteligencia artificial se integre en el mercado laboral y profesional como en la situación descrita en la página anterior, no será por falta de preaviso.

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