ENCUÉNTRAME EN LA NOCHE

Profeta de mis fines no dudaba

del mundo que pintó mi fantasía

en los grandes desiertos invisibles.

Reconcentrado y penetrante, solo,

mudo, predestinado, esclarecido,

mi aislamiento profundo, mi hondo centro,

mi sueño errante y soledad hundida,

se dilataban por lo inexistente,

hasta que vacilé cuando la duda

oscureció por dentro mi ceguera.

Un tacto oscuro entre mi ser y el mundo,

entre las dos tinieblas, definía

una ignorada juventud ardiente.

Encuéntrame en la noche. Estoy perdido.

Sin fe, sin sol, en páramo sediento.

La voz cruel (1927-1935), 3

© Manuel Altolaguirre, 1936

© Editorial Castalia, 1972

© Diario Público, 2011

Leí hace poco en un diario nacional una entrevista en la que el entrevistado afirmaba que dentro de cien años nadie se acordaría del nombre del Presidente del Gobierno actual pero sí de los artistas coetáneos. Sin embargo, muchas veces son los propios artistas quienes prueban en vida y muerte los sinsabores del funesto olvido. España es un país que ha gozado siempre de buena salud intelectual a pesar de la anacrónica represión de las autoridades públicas a los círculos culturales. No obstante, el poder político suele hacer excepciones con aquellas figuras que han trascendido más allá de nuestras fronteras, es decir, las estrellas universales cuyo legado ya no pertenece a un solo lugar o tiempo. De ese modo, pueden justificar que defienden, protegen y promocionan la hegemonía cultural hispánica en el mundo y, como si de verdad apoyaran el talento y esfuerzo de los autores e intérpretes autóctonos, presumir del fomento de la propiedad intelectual. Dicho esto, la realidad en estas cuestiones es harto deprimente. Sobre todo para los que lucharon a través de su obra por hacer de España un país libre de cadenas y rico en conocimiento. Cada año se celebran actos oficiales que conmemoran tal o cual suceso histórico o aniversario de persona determinada en términos culturales, si bien es cierto que el carácter todavía centralista de nuestra burocracia impide que llegue al extrarradio, siendo su divulgación insuficiente. Ni siquiera se enseña en el instituto la ingente producción artística, a destacar la literaria, por la falta de medios o de ideas. Rabio por no haber encontrado en los libros de texto de aquella época la obra más que digna de tantos autores relegados al segundo o tercer plano solo porque no comulgaban con la ideología reinante o por simple envidia de otros artistas.

Este perfil podría encajar perfectamente con el malogrado Manuel Altolaguirre. Es más que probable que ya no viviese dado que nació hace ciento doce años, pero el hecho de morir antes de hora, y en sus circunstancias, hace que ese adjetivo cobre pleno sentido. Considerado miembro “menor” de aquella trascendental e inoxidable Generación del 27, no merece tal calificativo, cuando menos su obra. A nivel general, solo saben de él quienes estudian con mayor profundidad aquella agrupación; malagueño hijo de aristócratas, casado en primeras nupcias con la escritora Concha Méndez, impulsor de revistas culturales desde temprana edad, traductor de novelas al castellano, respetado editor literario… Hasta que estalló la guerra civil española. Entonces exilió primero a Cuba, donde siguió volcándose en la edición de revistas de divulgación literaria, pero fue en México donde desarrolló su talento como guionista y productor de cine, colaborando incluso con su contemporáneo, también amigo, Luis Buñuel. Cuando, en 1959, volvió a España para presentar en el Festival de San Sebastián su primera película como director, un accidente de tráfico le arrebató la vida y la de su segunda esposa a su regreso a Madrid. Como curiosidad, también fue hombre de leyes, pues se licenció en Derecho y llegó a ejercer como abogado durante un breve tiempo. Aunque es su contribución a la poesía española, con una prolífica y loable producción, su faceta más conocida. A mi parecer, la poesía es la forma más íntima de desnudar uno sus pensamientos y de que sus lectores conozcan mejor que nadie a la persona que las escribe. También sirve para comprender que los problemas de ayer son los de hoy y serán los de mañana. Sobreponerse a la angustia personal creando un refugio conceptual que compartir con los demás hace más llevadero la soledad que nos acompaña desde que somos materia. Y leyendo una de sus recopilaciones, La islas invitadas (1936), descubrí el cristalino texto de arriba como paradigma de tal significado.

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