EL MUNDO GIRA

Una vez más, se puede demostrar que el mundo gira. Y no porque se haya desmentido con hechos rotundos aquella afirmación que hizo en su momento el científico renacentista Nicolás Copérnico sobre los movimientos de rotación y traslación de la Tierra. Más bien me refería a un objeto trivial que se ha viralizado entre los niños del planeta: el ahora archifamoso Fidget Spinner. Aunque, expresándolo mejor, tampoco aludía al juguete en sí, sino al dilema moral que plantea la historia que existe detrás de este invento superventas. De acuerdo, no estamos ante la invención del siglo, ni siquiera de la década; si bien resultan un tanto curiosos los orígenes de este girador y su posterior comercialización. Porque en ningún caso se ha confirmado su nacimiento en el seno del departamento de investigación y desarrollo de los grandes fabricantes de sueños infantiles. En efecto, hay quienes afirman que quien inventó el artilugio es Catherine Hettinger, una ingeniera química estadounidense que hace dos décadas tuvo una idea en un momento de lucidez cuando, precisamente, le fallaban las fuerzas (musculares): sufría miastenia gravis mientras cuidaba por entonces de su pequeña hija. Otros medios desconfían de que la paternidad del spinner recaiga en ella. En cualquier caso, el prototipo suyo era mucho más rudimentario que el que puedas encontrar en una juguetería o en manos de un niño. Sin embargo, la base ya estaba ahí. Ella misma confiaba en sus posibilidades de éxito: justificaba su causa en las soluciones medicinales y antiestrés que su peonza podía aportar a la ciencia, así que decidió emprender camino para que le concedieran la patente. El diseño quedó finalmente registrado, por lo que ya podía negociar con futuros proveedores las licencias de explotación. Pero no encontró el apoyo necesario y el proyecto acabó incorporándose al dominio público por falta de pago de la anualidad.

Éste es un tema candente, ya que el sistema de patentes sigue siendo opaco y no siempre se cumple uno de sus fines, esto es, respetar y reconocer la titularidad del inventor. Digamos que existe una norma tácita que beneficia a la parte más fuerte, la empresa -cuanto más grande, más fuerte- frente al individuo, puesto que tiene más medios económicos para afrontar el mantenimiento y protección de la patente. Esto supone una diatriba para quien no trabaja por cuenta ajena, y menos si no actúa en el mercado ad hoc. Como es el caso de la protagonista, que por no disponer de la cantidad necesaria para renovar la patente ahora ya no puede reclamar nada a los fabricantes. Por el contrario, quienes desarrollan sus ideas dentro de un equipo de I+D+i saben desde que firman un contrato profesional con la empresa a quién pertenece la titularidad de los resultados de su trabajo. Son las denominadas invenciones laborales, que en el ordenamiento interno español se recogen en el título IV de la Ley de Patentes. En estos casos, no hay motivos de disputa: se aplica la ley y todo queda aclarado. Pero en situaciones como la de Catherine, la solución está lejos de resolverse. Y si no, que se lo digan a Thomas Edison, cuya sagacidad en el mundo de los negocios le ha permitido entrar en la historia de los grandes inventos sin haber ideado aquello por lo que el imaginario colectivo le conoce. La mayoría de objetos que usamos a diario fueron ideados por personas en muchas ocasiones desconocidas con la intención de resolver problemas técnicos para satisfacer necesidades humanas. El sistema de patentes consigue que la comunidad se aproveche de estos avances a cambio de conceder a sus autores unos derechos exclusivos sobre sus creaciones por un tiempo determinado, eso sí, sujeto a periodos de uso previo pago de tasas. Esto beneficia a todos, pues obliga a los competidores en el mercado a mejorar lo conocido generando de esta manera una suerte de carrera de fondo hacia la excelencia en la calidad de nuestras vidas. Sin embargo, la codicia de los grandes inversores a veces les lleva a entrar en el juego de la especulación al aprovecharse de la debilidad de los pequeños e indefensos creadores cuando renuncian a creer en sus concepciones. Y, aunque es cierto que el consejo y asesoramiento de abogados especializados o agentes de propiedad industrial siempre es de gran ayuda, la ley del más fuerte sigue vigente. Así que lo mejor será explorar todas las vías de amparo antes de lanzarte a por todas y arriesgarte a que tus creaciones te las levante cualquier multinacional de turno. O bien puedes ofrecerte a ellas como empleado demostrando que tus dotes naturales pueden serles de gran utilidad antes de desvelar el gran truco que puede cambiar el curso de la historia. En cuanto a ella, actualmente da consejos a aquellos inventores que viven en su Estado, Florida, además de buscar financiación a través de micromecenazgo para seguir apostando por su diseño original. En fin, tampoco hay que desmoralizarse, si algo hemos aprendido es que de las dificultades se sale adelante con ingenio.

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