UN PAÍS EN VILO

Dunkerque, mayo de 1940. El frente aliado -Francia e Inglaterra- se encuentra acorralado en la costa francesa debido a una mala gestión de los medios y el avance incesante del rodillo nacionalsocialista alemán en los primeros meses de la segunda gran guerra. Las autoridades británicas ordenan la retirada de sus tropas, alrededor de trescientos mil efectivos, en buques de guerra con la finalidad de evitar una masacre que determine el curso de la situación geopolítica en Europa en los próximos meses. Saben que el Tercer Reich no va a dejar escapar esta oportunidad para demostrar que la victoria caerá de su lado. Y en ese ambiente de caos y desesperación, soldados y superiores se encuentran encallados en el espigón y listos para embarcarse a tierras británicas siempre que los bombarderos nazis lo permitan. Mientras tanto, el Gobierno y la población civil tienen el corazón en un puño al considerar que una hipotética tragedia sobre las playas de Dunkerque supondría de inmediato la invasión de los nazis en suelo británico.

Con ese argumento, Christopher Nolan firma una de sus obras más intimistas, entregándose de lleno en su trabajo, pues no solo dirige y produce sino que escribe también el guión en solitario, esta vez sin la ayuda de su hermano Jonathan. Y la verdad, apenas se ha notado su ausencia. Como en sus inicios, recupera la narración fragmentada en tiempo y espacio, representada por los diferentes actores de la trama y tomando como punto de referencia el desenlace de la historia. Sin desmerecer ninguno de sus anteriores trabajos, aquí demuestra su madurez como realizador. Tampoco esconde su vena patriótica. Sus paisanos deben de estar orgullosos de él, capaz de dar lustre a la imagen de un imperio que no ha jugado precisamente limpio a lo largo de su historia. Digamos que, a la hora de valorar esta película, aquellos que sean reacios a los nacionalismos le achacarán esta exaltación al sentimiento de pertenencia a un lugar que algunos de los personajes principales desprenden durante el relato, pero que invita a la épica -el pueblo británico queda en una posición privilegiada en la historia al acudir al rescate de sus milicias en barcos pesqueros-, si bien en esta ocasión abandona el discurso pretencioso del que abusaba en ciertos títulos consiguiendo un resultado más realista y sincero. Además, habría que señalar de forma significativa la labor del maestro Hans Zimmer, colaborador habitual en la carrera de Nolan, porque su música marca la pauta en cada secuencia hasta el punto de plantearse si habría transmitido la misma angustia de morir lentamente en el punto de no retorno. En el apartado interpretativo, decir que unos actúan mejor que otros sería injusto -es más, Nolan siempre acierta con el reparto, y en esta ocasión no ha sido menos-; aunque si tuviese que destacar a alguien ese sería Tom Hardy, un actor de raza que siempre se supera en cada prueba que se somete. Y como no podía defraudar, sin bajarse del avión y sin desabrocharse la máscara, ha bordado su papel como piloto de un Supermarine Spitfire encargado de aniquilar los bombarderos nazis que sobrevolaban Dunkerque para aterrorizar a las filas de soldados e impedir que la evacuación militar tuviera éxito.

En los últimos años hemos visto estrenarse títulos en cartelera que dignifican el papel trascendental de Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial, como El discurso del Rey (2010),  Descifrando Enigma (2014) y ahora Dunkerque (2017), cada uno de ellos con un enfoque diferente: la parte institucional, la científica y ahora la estratégica-militar. Sería lógico que la próxima producción basada en este periodo y país como contexto narrase los hechos desde la perspectiva político-económica e intelectual, y qué mejor personaje para inspirarse que el teórico economista John Maynard Keynes, quien desempeñó un rol decisivo en la solución a los dos conflictos armados internacionales más importantes del siglo veinte y que, sin embargo, la mayoría de personas desconoce por diversos motivos, entre ellos tal vez la falta de interés en su divulgación por parte de los académicos o personas de gobierno. Amén de su atormentada vida, reprimido por los cánones de entonces -al igual que Alan Turing– y la envidia que generaba en los círculos de poder, no le han reconocido suficientemente su contribución al orden político internacional y su lealtad al país para salvar el mundo en dos ocasiones de la catástrofe económica tras la contienda. Pero ese capítulo lo dejaremos para otro momento. Disfruten del cine este verano.

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