EL SUEÑO DE UN ANDROIDE

Parece que estamos destinados a vivir en conflicto social eternamente a pesar del esfuerzo que unos pocos hacen por demostrar lo contrario. El ser humano es contradictorio por naturaleza. O eso constato. Me cuesta discernir cuándo un acto es espontáneo o intencionado. Los medios de comunicación han conseguido hacer de la noticia un producto de entretenimiento en el que cualquiera puede ser partícipe de la verdad o la mentira. Y no es casualidad que las personas decidan posicionarse de un lado o de otro. Porque así nos han enseñado. O así se intuye. Y hay quienes, rechazando el discurso principal, deciden tomar su propio camino creando un criterio único y personal.

Nadie ha sido capaz hasta ahora de viajar en el tiempo y conocer aquello que nos deparará a todos en este todavía nuestro hogar, el planeta Tierra. Pero grandes autores de novelas del género de la ciencia ficción, usando su ingenio y sabiduría, sí que han desarrollado teorías hipotéticas basándose en el comportamiento y acción humana sobre el entorno y vida. Y, por desgracia, la mayoría de las veces se ha repetido un desenlace trágico y aterrador para el planeta. Como en la obra ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, y que después, como todo el mundo sabe, fue adaptada al cine por Ridley Scott en la obra maestra Blade Runner en 1982. Esta película no tuvo el respaldo de la crítica ni obtuvo grandes cifras en taquilla cuando se estrenó, pero el tiempo ha confirmado que es una pieza de culto y una gran influencia para el género.

De ahí que los grandes estudios hayan decidido recuperar la historia y los personajes para darle una continuación y se estrene de nuevo en salas de cine. Ante el miedo a decepcionar al público y echar a perder el crédito que goza la original, el proyecto se ha dejado en manos de un renovador del género, Denis Villeneuve; contando, eso sí, con el beneplácito del maestro Ridley y del guionista original Hampton Fancher.

Y hay que decir que, una vez vista, la sensación es positiva… con moderación. Blade Runner 2049 cumple su función como obra de entretenimiento. Pero ha pasado demasiado tiempo desde la original como para considerarla trascendental, o al menos de momento.  Porque en aquel momento el género de ciencia ficción como lo conocemos actualmente no tenía muchas referencias en las que fijarse. Sin embargo, hoy cada año se estrenan películas referentes del género, por lo que es más difícil diferenciarse del resto. Ahora bien, si analizamos con detalle los elementos técnico-artísticos -fotografía, música, efectos especiales y visuales, vestuario- debemos mostrar respeto y alivio. Visualmente increíble, hay quien piensa que uno puede sufrir el síndrome de Stendhal. Estoy de acuerdo. Por tanto, es evidente que el uso del nombre de la original condiciona (y mucho) su calificación final. Pero si no se tomara en cuenta que se trata de la continuación de una obra cumbre, los responsables se habrían ahorrado las expectativas que una franquicia genera (y más si tiene un prestigio), y por tanto su valoración sería cuando menos distinta.

Con un salto temporal de treinta años desde la original, la historia comienza con el descubrimiento por K (Ryan Gosling), un blade runner replicante, de un secreto oculto que podría acabar con el caos que impera en la sociedad. Este descubrimiento supone para K un temor que le lleva a iniciar la búsqueda del famoso blade runner Rick Deckard (Harrison Ford).

El equipo creativo de este proyecto ha conservado el estilo narrativo de la original, aunque la duración-163 minutos aprox.- se acusa en algunos tramos, pero parece ser la única manera de dar respuesta al espectador respecto al conflicto planteado en la historia. Esta vez el puzle del relato está mucho más cohesionado -con más diálogo también- y permite que llegue a un público más general, de esta manera el producto es mucho más rentable pero menos experimental. Y ese es un dilema que seguro se llegaron a plantear desde que surgió la idea de hacer una secuela.

La película muestra las terribles consecuencias de no comprometerse con el medio ambiente y explotar los recursos naturales limitados. Nosotros por suerte aún podemos cambiar el rumbo de nuestro futuro aunque, teniendo líderes mundiales de la talla de Trump, el margen de error se reduce drásticamente hasta el establecimiento de un nuevo orden.

A cuenta de su estreno en España, es evidente que tenemos un problema con el doblaje en castellano. Si se fomentara la exhibición de la versión original subtitulada en salas, es muy probable que muchos de nuestros problemas sociales del primer mundo (como por ejemplo los conflictos lingüístico-político-sociales) tendrían solución y desarrollaríamos habilidades como la empatía y la solidaridad. Pero esto es más utópico que un replicante recorriendo las calles de una Cataluña independiente.

 

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